Salida de campo.

Esmeralda Pussycat, el último cine erótico de Bogotá.

Durante varios días las charlas con mis compañeros incluían como tema de conversación cuál sería el lugar al que iríamos para realizar nuestra salida de campo. Después de escuchar varias opciones, en un diálogo con uno de mis amigos, encontré el lugar que creí podría sacarme de mi zona de confort: un antiguo cinema de Bogotá que a pesar de los años se mantiene de pie ofreciendo sus particulares servicios a un público muy selecto.

El día concretado para realizar la investigación sería un viernes después de clase. Acordé encontrarme con mi compañero en la estación de TransMilenio Carrera 47 a las 10:30 a.m, sin embargo, debido al tráfico, llegué algunos minutos tarde. Allí tomamos un bus hacía el centro de la ciudad, donde se encuentra ubicado el cine al que iríamos. Decir que iba con mi amigo un viernes a cine podría parecer un plan normal, dejando de lado el hecho de que la película que veríamos no era ninguna de las que estaban en taquilla en los centros comerciales y que el cine, no era un cine convencional. Se trataba de “Esmeralda Pussycat”, el cine porno que desde hace más de 30 años se encuentra ubicado sobre la carrera séptima, una de las vías más transitadas de la ciudad, y que, pese a los años, los avances tecnológicos y la pérdida de visitantes, sigue abriendo sus puertas cada día.

Durante el trayecto, mi amigo y yo no hablamos del lugar. Los dos sabíamos que sería una experiencia incómoda y por esa razón ninguno mencionó nada. Sin embargo, a pocas cuadras de llegar a nuestro destino, mi amigo me dijo que tenía miedo y en cuestión de segundos empecé a sentir lo mismo. ¿Qué pensaría de mí la gente que me viera entrar allí? ¿Cómo me mirarían? Eran las preguntas que pasaban en ese momento por mi mente, pero era algo que quería enfrentar, me generaba curiosidad el lugar y ver qué tipo de personas ingresaban a él.

Cuando nos encontrábamos frente a la entrada del cine compartimos con mi compañero una mirada que claramente decía “¿Y ahora qué?”. Decidimos quedarnos un momento allí para ver el movimiento del lugar. El clima empezó a tornarse opaco y una ligera llovizna se abrió paso, pero esto no fue impedimento para que los clientes del Pussycat arribaran. La primera persona que vimos ingresar fue un hombre de más de 50 años, cuya ropa evidenciaba su buena posición económica, ingresó a paso ligero, observó la pared en la que se anunciaba cuáles serían las funciones del día, compró el boleto y siguió al fondo del cinema, aún desconocido para nosotros.

Tiempo después ingresó una pareja tomada de la mano. Lo hicieron con tranquilidad, como si se tratara de un plan de domingo en cualquier cine de la ciudad. Finalmente, entró otro hombre, pero esta vez no hubo oportunidad de detallar al sujeto, pues ingresó a paso rápido y no se detuvo a observar el cartel, parecía que prefería evitar que lo vieran ingresando al lugar.

El cine en realidad es un antiguo teatro, cuya entrada no es muy visible. No siempre funcionó como un cine porno, pues en este antiguo teatro, hace muchos años, funcionó una sala de cine familiar. A pesar de que en el piso se puede observar el nombre del lugar junto a la imágen de un gata con curvas de mujer que sostiene un látigo y una copa de vino, son pocas las personas que prestan atención a este sitio y otras que prefieren desviar la mirada, como si se tratara de un lugar prohibido.

A un costado de la entrada se puede observar un pequeño sitio donde se venden diferentes cosas, aquel día se acercaron muchas personas en busca de una sombrilla para refugiarse la lluvia, pero no prestaban atención a la particular entrada del teatro.

Con mi compañero creímos que sería interesante hablar con la mujer que vendía las sombrillas, pues es ella quien cada día es testigo del movimiento del cine. Sin embargo, al acercarnos y darle a conocer nuestra intención de saber más sobre el cine porno, notamos su incomodidad, nos dijo que no sabía mayor cosa acerca del sitio y que por esa razón no podía ayudarnos.

La sexualidad y la pornografía son temas de los cuales muchas personas prefieren no hablar, a pesar de que todos sabemos que son temas comunes, quizás por pena, incomodidad o simplemente porque son vistos como algo malo. Sin embargo, creo que para entrar a un lugar como estos debe tenerse una visión muy diferente sobre estos temas, y eso se reflejaba en la confianza con la que entraron algunas de las personas, para quienes no era algo del otro mundo.

Tras estar unos minutos afuera decidimos entrar. Sinceramente sentí vergüenza. De nuevo llegaron a mi cabeza las preguntas, esta vez pensaba en lo incómodo que sería estar allí adentro con mi amigo. Nos acercamos a la taquilla, donde una mujer de unos 50 años vendía las entradas mientras contaba dinero. A simple vista creí que podría ser ella quien nos diera más información sobre el lugar, sin embargo, al tratar de entablar una conversación con la mujer, ella respondió de manera un poco grosera: “acá está prohibido dar entrevistas, si quieren saber algo busquen en El Espectador o en Soho, ellos han hecho notas sobre el cine”.

¿Por qué no se permiten las entrevistas?  pregunté.

Porque los periodistas siempre dicen cosas que no son y lo que hacen es crear una mala imagen del lugar.  Respondió.

Nos mencionó que tiempo atrás unas niñas de otra universidad hicieron un trabajo sobre el lugar y que en él se decían cosas que, según la mujer, no eran ciertas. Por esta razón y debido al malestar que se generó en el administrador, decidieron no dar entrevistas a nadie más.

Sin nada más que decir, pedimos dos boletas para ingresar.

Serían $20.000 Dijo la mujer.

Creí que el precio era algo elevado para lo que ofrecía el lugar. Me generó curiosidad ver cómo las personas preferían pagar aquel valor e ir a un lugar público a satisfacer un deseo tan personal teniendo acceso a internet y todo el mundo de la pornografía que se encuentra en él.

Entrando al cine pude observar un anuncio escrito en letras rojas donde se ofrecían “cabinas privadas”. Se trata de un servicio adicional que se ofrece a las parejas o hombres que prefieran ver la película con mayor privacidad. En su parte interior el lugar parece más un viejo motel que una entrada de cine. En las paredes se pueden evidenciar 5 cuadros de mujeres desnudas y viejas carátulas de películas pornográficas. Objetos sexuales y películas vintage, es lo que se puede comprar en un pequeño sex shop que se encuentra junto a la entrada del primer piso. El teatro cuenta con dos entradas, en la del primer piso se ubican los hombres que van solos y en el segundo piso las parejas. Un hombre de unos 60 años es el encargado de recibir las boletas y dirigir a los clientes hacia el interior del teatro.

Después de haber intentado buscar información con las dos mujeres anteriormente mencionadas, creímos que podría ser aquel señor quien por fin nos diera información sobre el lugar. Sin embargo, en un primer momento, la respuesta no fue la esperada. Nos dijo que ningún empleado del cine estaba autorizado para dar entrevistas y de inmediato fue hacia la taquilla para pedirle permiso a la mujer para hablar con nosotros. La respuesta de la mujer fue la esperada, en un tono elevado le dijo que no y que ya nos había dejado claro que no podíamos preguntar nada.

Pese a la respuesta de la mujer el hombre sostuvo una conversación con nosotros de una manera amable. Nos comentó que el cine está en funcionamiento desde hace más de 30 años y que a pesar de que el número de clientes cada vez es menor, ellos mantienen sus servicios porque saben que existe aún un público que disfruta de este.

Mientras hablábamos con él, ingresó un señor de unos 40 años que lo saludó como si saludara al portero del conjunto, era uno de esos clientes fieles de los cuales nos hablaba el hombre.

Posteriormente, con un chiste propio del lugar, continuó nuestra conversación:

¿Saben por qué un pene no piensa? preguntó el hombre.
No, ¿Por qué?
Porque tiene un hueco en la cabeza.

Continuamos, entre risas, hablando del sitio. Nos contó que para él la porografía y el sexo son cosas muy comunes en el ser humano, pero que ha sido la sociedad la que se ha encargado de convertirlas en un tabú. Decía que este tipo de cinemas se mantienen en pie porque es un gusto más común de lo que se cree y que a pesar de las múltiples formas de acceso a la pornografía que se tienen hoy en día, sigue siendo un lugar muy visitado.

Mientras hablábamos con el señor pude observar la particularidad de los baños, que con sus nombre recordaban el pecado del deseo carnal: Adan y Eva eran los nombres que reemplazan el “damas y caballeros”. Y, lo más cercano a un cine convencional, una pequeña tienda de dulces, donde podían comprarse desde bebidas hasta paquetes de palomitas antes de ingresar a la película.

Finalmente, decidimos ingresar a las salas. Nos dijeron que debíamos ir a las sillas del segundo piso, exclusivo para parejas. Al costado derecho de la entrada del segundo piso se podían observar las cabinas privadas que se ofrecían en los letreros de la entrada. Eran pequeños cubículos de madera, había alrededor de unos 6 y en ellos se podía evidenciar el paso de los años, pues las puertas se veían desgastadas y los pisos manchados.

La sala era demasiado oscura, por lo que para ingresar fue necesario encender la linterna del celular. Decidimos sentarnos en las sillas que primero pudimos divisar. En la pantalla gigante se estaba proyectando en ese momento una película, no sabíamos desde hacía cuánto había empezado a reproducirse, pero lo que quedó claro es que la gente no va allí por la trama de la película, pues los clientes ingresaban y salían en cualquier momento. El valor de la boleta era válido por el tiempo que el cliente quisiera permanecer allí adentro.

Tras estar unos minutos en el lugar decidimos que nuestra experiencia debía terminar. Salimos de la sala en la que estábamos y mi compañero decidió ingresar a la del primer piso, donde ingresaban los hombres solos. Llamó mi atención el hecho de que en ningún momento ingresó una mujer sola y que el hombre con el que hablamos nunca nos mencionó a dónde iban las mujeres que decidían ir allí solas. Pensé entonces que quizás el ver porno en un sitio público era más un deseo masculino.

Finalmente, sin decir nada, salimos del lugar. Estaba convencida de que había sido una experiencia bastante extraña, pero también pensaba en aquel momento que nosotros, como sociedad, somos los encargados de que el sexo y la industria del porno sean temas incómodos, como si no tuviéramos muy claro que son cosas normales y que, para bien o para mal, forman parte de nuestra realidad.

El Esmeralda Pussycat continuará prestando sus servicios como lo ha hecho desde hace más de 30 años. Sin importar que los avances tecnológicos llevaran la pornografía al alcance de cualquiera y redujera así su número de visitantes, este lugar seguirá abriendo sus puertas a aquellos que aún disfrutan del cine erótico y de la visita a este antiguo pero imponente cinema del centro de la ciudad. El último cine porno de Bogotá que se mantiene en pie a pesar de todo.

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